“El alcalde chatarra”, de J. Vallverdú


M.S.

(ABC, 1981)

Cataluña ha tenido y tiene en los escritores locales un fuerte apoyo a su identidad cultural. A partir de los años sesenta la literatura infantil y más en concreto la novela histórica, sirvió para filtrar una disimulada crítica social en unos momentos en que la situación política no permitía mayor claridad. Hoy, en circunstancias distintas, resulta un pilar indispensable para la normalización de la lengua catalana.

Josep Vallverdú ha sido desde el primer momento un fecundo colaborador con más de veinte novelas editadas, obras de teatro y traducciones. Leridano de nacimiento y dedicado a la enseñanza vive en un pueblecito cuyo ambiente evoca reiteradamente en sus obras con conocimiento y afecto. El amor a su región, la defensa de la justicia social y un profundo humanismo recorren el nervio de su narrativa que en conjunto resulta coherente y sólida.

En su última novela abandona el carácter regionalista para lograr su mayor universalidad. Situada en un momento histórico, no claramente definido, presenta al lector un hecho acotado en el espacio y en el tiempo desde sus distintos testigos y protagonistas: la inminente llegada del ejército enemigo a un pueblo provoca la huída de los vecinos llevándose con ellos lo más imprescindible y abandonando casa, ganados y propiedades. El miedo doblega por igual a ricos y pobres. Por contra, el chatarrero nada tiene que perder. Solo y sin familia decide quedarse para recibir al enemigo si no con armas, con ingenio y astucia. El pueblo desierto le servirà de escenario para autoproclamarse alcalde y defender del pillaje y latrocinio, a todo aquel que lo crea abandonado. Por él la novela nos ofrece una reflexión en torno a la disyuntiva del poder entendido, bien como expresión de la voluntad colectiva o como ambición personal.

Interesa al autor la vida de los hombres en general pero también la de cada uno en particular. Excelente el retrato del protagonista al que pesa la soledad y el recuerdo de una infancia dura. Carente de afecto, va a encontrar en un grupo de criaturas desarropadas, que se acerca al pueblo con idea de saquearlo, la ocasión de volcar su instinto de padre y maestro. Entre el grupo se destaca Jana, una joven que, cansada de vagar, busca la paz y el sosiego en Chatarra. Miro, jefe de la pandilla, por el contrario, prefiere seguir viviendo del hurto; el vicio del pillaje es más fuerte que su voluntad de cambio. Jana es la ternura, el hogar. Miro, el desarraigo, la aventura. En esta reflexión no hay sermón o moraleja, porque la lección es más vital que moral.

Dentro de una línea tradicional, sin sobresaltos estilísticos, Vallverdú busca la comunicación clara y directa con su público, fiel a una trayectoria humana y literaria que le ha valido la concesión de numerosos premios, como el que acaba de otorgarlela Generalitatpor la novela que hoy comentamos.

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