Horas leridanas


Sempronio

(Tele/Exprés, 29.09.1972)

¿Cuánto tiempo hacía que no había deambulado yo por la calle Mayor de Lérida? Años, muchos años. La ciudad del Segre cae muy lejos de mis itinerarios corrientes. Aunque parezca mentira, siempre me ha sido más fàcil cruzar las fronteras e incluso vadear el mar que no llegarme a Lérida.

Supongo que no soy yo solo a quien le ocurre esto. Tiene, razón, entonces, la patria de los ilergetes (Indíbil i Mandoni presiden su entrada) de estar algo mosca con los catalanes de las otras comarcas, que la mantienen en el olvido.

Por mi parte, prometo emmendarme. Lo prometo, tras pasar anteayer un par o tres de horas agradabilísimas en su ambiente. Lérida posee mucho encanto, amén de varias singularidades.

Por ejemplo, íbamos, como he dicho, por la calle Mayor, cuando uno de mis acompañantes, el joven economista Ramón Morell, hizo notar: –He aquí el primer escaparata “pop” del mundo.

Es cierto. Se trata de una fachada de una antigua tienda de juguetes, de aquellas del “Todo a 0’95”. De arriba debajo de la casa, penden unas monumentales panojas de juguetes. Entre pelotas, aros, guitarras y otros objectos, balanceándose varios muñecos autòmatas en permanente movimiento. Seducidos por el movimiento y por el color, los extranjeros que pasan por Lérida no dejan nunca de filmar y de fotografiar la fachada, que ha aparecido en muchas revistas del mundo.

Naturalmente que no se agota aquí la atracción de Lérida. En la misma e interminable calle, que es la espina dorsal y el corazón de la ciudad, menudean los edificios nobles –la nueva catedral, el antiguo Hospital de Santa María,la Pahería, la iglesia de San Pedro- y los comercios lujosos. La calle Mayor es una constante tentación para las mujeres. Así, la vemos siempre llena de público.

-Todo el Aragón oriental viene a comprar aquí –me aseguran.

Lo creo, pues repito que jamás aparece desanimada. Cualquier día de la semana, diríase día de mercado. Los cafés de los porches –el “Triunfo”, la “Rada”-, jamás se mantienen ociosos. A subrayar que en la barra de uno de ellos, a la hora del aperitivo de mediodía, vi a unas lindas muchachas del país, solas, que tomaban una copa y fumaban un pitillo. Para que se vea que las nuevas costumbres femeninas también penetran en “terra ferma”.

Y ahora caigo en que acaso nuestro desvío por Lérida proviene de su situación tierra adentro. La época actual se pirra por el mar. Las comarcas que no baña el agua, no se le dan un pepino. Consiguientemente, Gerona y Tarragona nos son familiares, equivalen a una extensión de Barcelona. Mientras, en dirección a poniente, nunca vamos más allà de Igualada y sólo tenemos una vaga idea de ciudades tan importantes como Cervera, Tárrega, Bellpuig, Mollerusa. Yla Segarra, Les Garrigues y el Segrià, para el barcelonés, por lo ignoradas, suponen algo así como comarcas lunares.

Afortunadamente, de un tiempo acá, si todavía no nos lanzamos a la conquista amorosa del oeste catalán, poseemos por lo menos abundante y buena información respecto al mismo. Ayer, en una librería leridana, Francesc Vallverdú presentaba a sus amigos su último libro: Viatge a l’entorn de Lleida. Vallverdú, oriundo de Les Borges Blanques, conoce como nadie su tierra. -He recorrido a pie todos sus caminos –me contaba.

En sus libros se nota la autenticidad de sus peregrinajes. Se calza las alpargatas y se echa al campo, a gozar del paisaje, a observar las cosechas, a charlar con los campesinos, .. Sus libros son un repertorio de noticias, pero no eruditas, sino humanas.

A menudo, Vallverdú lleva un compañero de excursión, el fotógrafo Toni Sirera, cuyas fotografías son el exacto complemento de las descripciones del literato.

También ha sido para mí inmensa suerte que Vallverdú me hiciera de cicerone en estas contadas horas leridanas, de las que estoy dejando constancia.

Advierto quela Léridaactual, con sus ochenta mil habitantes es ya una ciudad compleja, un poco difícil, en todos los aspectos. –Tenemos ya problemas de aparcamiento, como las grandes ciudades –me cuentan. Para encontrar aparcamiento, en la plaza de España, enla Banqueta, la gente hace mil combinaciones, juega con los horarios…

La circulación se complica por los tractores, que son vehículo normal en las calles de Lérida. Los payeses que ganan dinero poseen, por lo menos, un tractor, una furgoneta o vehículo utilitario para ir por el campo y un turismo grande y reluciente para presumir.

Y, claro está, como que el campo rinde, las calles y plazas aparecen congestionadas. La potencia agrícola de Lérida se ha puesto de manifiesto una vez más en la denominada feria de Sant Miquel, que se celebra todos los años en esta época, cuando ha terminado la recolección de la pera. La pera, la pera limonera de la que se habla tanto, constituye gran parte de la riqueza local.

Huelga casi escribir que Lérida hállase en perpetua evolución… y se construye por doquier. Las sucursales bancarias surgen cual hongos. Ahora estan terminando el segundo puente, pues el antinguo se muestra incapaz de engullir el inmenso tráfico. Téngase en cuenta que todo el transporte procedente de Madrid y del norte peninsular pasa por allí.

Con el segundo puente, es de prever que la ciudad saltará la barrera del río y colonizará nuevos terrenos. El Segre, al pie de Lérida, pasa turbio y con agua muy poco profunda, pues los embalses y los canales se le han tragado más arriba. Cuando los del piragüismo, que es el deporte típico de Lérida, quieren competir, piden a las compañías eléctricas que les suelten un poco de agua, pues de lo contrario tocarían fondo con los remos.

 

 

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